El atleta australiano Reg Spiers se envió a sí mismo por correo de Londres (Reino Unido) a Adelaida (Australia) en 1964.

Un estado de desesperación absoluta suele colocar a un ser humano ante dos alternativas. Lo más sencillo es rendirse, aceptar un destino infausto y arrojar la toalla; pero por otro lado, siempre queda la opción de intentar lo inimaginable, esa solución con más tintes de película deHollywood que de realidad. Nuestro protagonista de hoy es, sin ningún género de dudas, de los que prefieren tomar la segunda vía. Lo único que quería era volver a casa, estar en Australia el día del cumpleaños de su hija. El problema: estaba en Londres y sin dinero para viajar.

A mediados de los 60, cuando Spiers, lanzador de jabalina australiano, se encontraba en Londres tratando de reponerse de una lesión para participar en los Juegos Olímpicos de Tokio 1964. A pocos meses de la gran cita deportiva, viendo que su recuperación no marchaba según lo previsto, no le quedó más remedio que asumir que no podría competir en tierras japonesas. Por ese motivo aceptó un empleo en un aeropuerto londinense, a fin de reunir la cantidad necesaria para regresar a su hogar en Adelaida.

Casi había atesorado la suma precisa cuando se encontró frente a frente con la desgracia: alguien le robó todos sus ahorros, dejándole en una situación peor que cuando había llegado al Reino Unido. Sabiendo que su esposa estaba esperándole y que el cumpleaños de su hija se acercaba, Reg Spiers se negó a empezar desde cero de nuevo. Si lo hacía, jamás llegaría a tiempo para ver a su pequeña soplar las velas. Trabajando en la terminal aérea veía cómo a diario se enviaban animales de un rincón del planeta a otro, de modo que pensó: «si ellos pueden… ¿por qué no iba a poder hacerlo yo?».

El atleta pidió ayuda a un compañero y diseñó una caja de madera de 1.5 x 0.9 x 0.75 metros. En ese espacio podía tumbarse sobre su espalda doblando las rodillas o sentarse con las piernas estiradas, además de abrir desde dentro en caso de emergencia. Con un paquetito de comida, una botella de agua y otra vacía para orinar dentro, Spiers se introdujo en su recipiente y se envió a sí mismo por correo contrarrembolso a Perth, un aeropuerto pequeño y con pocas medidas de seguridad en la época. El primer problema se le presentó antes de empezar el viaje, porque la niebla causó un retraso de nada menos que un día en su vuelo.

Cuando la travesía comenzó, salió un momento de su caja a estirar las piernas y orinó en una lata. Al escuchar que alguien se acercaba, regresó precipitadamente a su escondite, olvidando su improvisado orinal en el exterior. Tuvo la fortuna de que los operarios del aeropuerto de París, primera parada en su odisea, creyesen que se trataba de una broma pesada de sus colegas británicos. Sufrió mucho más en la escala en Bombay, cuando pasó varias horas expuesto a un sol implacable. Ese fue el motivo de que se quitase la ropa sin salir de la caja y completara desnudo el resto del trayecto. La cara de las autoridades habría sido un poema si le hubiesen descubierto de esa guisa.

Después de tres días de locura, supo que había llegado a su destino cuando escuchó el particular acento de unos trabajadores que protestaban por el tamaño y el peso de su habitáculo. Salió de él en el almacén y se las arregló para huir del aeropuerto de Perth y desplazarse por carretera hasta Adelaida. Su único error fue olvidar comunicarse con su compinche en Londres para hacerle saber que había tenido éxito. Este amigo, preocupado, dio aviso a la prensa… y Reg Spiers, lejos de ser reprendido, se convirtió en una estrella mediática, elogiado como «un auténtico luchador australiano». Hasta entonces, su propia esposa creía que bromeaba al escuchar su aventura.

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