Por Gustavo Romero

Una parte no muy agradable –pero necesaria- de la paternidad es decir que “no” a nuestros hijos. Todos los padres pasamos por ese momento. Cuando nuestros hijos eran bebés y ellos se llevaban algún objeto a la boca le decíamos “nooooo” con suavidad, pero con firmeza. De la misma forma actuábamos cuando querían meter los dedos en el enchufe, tocar la heladera descalzos o asomarse en un balcón. El “no” es tan parte de ellos como nuestra.
A medida que pasaron los años, ellos “perfeccionaron” el arte de la persuasión; pucheros, caritas sonrientes, ojos pestañeantes comenzaron a ser las armas con las cuales pretendieron doblegar nuestras decisiones. Sin embargo, el “no” sigue estando presente.
Decir que no, es fácil; sin embargo es bastante difícil de sostenerlo en el tiempo. Como ya dijimos, cuando son niños intentan embelesarnos con sus caritas; sin embargo, hay momentos que no toleran el “no” y pasan de ser hermosas criaturas a tormentas desenfrenadas capaces de poner a prueba al padre más paciente del mundo.
Es aquí donde se tiran al piso, gritan, algunos revolean cosas y otros insultan. Hagamos un alto. Todos vimos (o tuvimos) un niño que hizo capricho (o para decirlo de otra manera más florida, exigió sus intereses de manera impulsiva y violenta). Sin embargo, ningún niño llega hasta cierto punto si no es porque los padres han cedido en algún momento. Los chicos frenan en el límite. Por supuesto querrán correrlo pero llegan hasta donde los padres se lo permiten.
¿Por qué hay algunos padres que no pueden sostener el “no”? Hay fases en el proceso de sostenimiento del “no” que desconocemos y por tanto es difícil que podamos manejarlas.
En primer lugar aclaremos que no todas las fases duran el mismo tiempo y no para todos los padres tiene la misma intensidad. Esto va a depender de la historia de vida y el ciclo vital de cada persona.
Es importante que reconozcamos por cuál de estas fases solemos pasar más seguido y sobre todo en cuál nos quedamos enganchados para poder aprender a sostener el “no”.
El enojo es la primera fase. Es donde estamos enojados con la situación, con el nene, con los que lo apañaron, etc. Es el peor momento del ciclo ya que tendemos a sentenciar o disciplinar basados en una emoción, generando grandes posibilidades de equivocarnos. Acá domina la emoción y no la razón.
Los nervios son resultado del enojo. Es el estrés psico/físico/emocional al que estamos sometidos y nuestro cuerpo da cuenta de ello. Imaginemos que el niño en cuestión está en medio de un shopping tirado en el piso gritando y llorando que quiere tal o cual juguete. Las miradas de todas las personas estarán posadas en él y en nosotros agregando un plus de tensión nerviosa a la situación.
Sostener el “no”, depende la situación, puede llevarnos los famosos “cinco minutos” o hasta un año entero. Y esto a muchos les genera ansiedad. Sobre todo a los padres primerizos. ¡Los minutos son eternos!
¿Y si por haberle dicho que “no” a ir a la casa de fulanito se queda sin amigos? ¿Y si se convierte en un antisocial por mi culpa? El miedo hace su aparición.
Y esto nos lleva a la duda y la culpa -excelentes aliadas de muchos niños-. La culpa está en nuestra mente y la alimentamos pensando “¿no habré sido duro? Siempre le digo que no”, dando lugar al “¿…y si le hubiese dicho que si? ¿Qué pasa si se lo dejo, se lo compro o lo que sea?”
Acá la ruta hace una bifurcación. Tenemos dos carriles que nos llevan a destinos diferentes. Por un lado está el arrepentimiento. “La verdad que no era para decirle que no, podría haberle dejado. Qué malo que soy.”
La marcha atrás o rectificación es donde todo el esfuerzo que pusimos para corregir a nuestro hijo manteniéndonos firme se desploma. No somos padres perfectos. Podemos equivocarnos o rever la decisión y autorizar lo que habíamos negado. Pero cuando esto se convierte en un hábito, cuando vivimos cambiando la decisión, perdemos autoridad frente a nuestros hijos.
La Biblia dice que nuestro sí sea sí y nuestro no sea no (Santiago 5:12). Esto aplica para la paternidad. Las decisiones que tomemos deben ser meditadas primero. Por supuesto que si nuestro hijo va a cruzar la calle cuando hay transito el “no” debe ser firme y en voz alta para evitar una tragedia. Sin embargo, hay situaciones donde nuestro “no” no debe adelantarse sino que tenemos que tomarnos el tiempo para meditarlo bien o conversarlo con nuestro esposo o esposa. Un “no” consensuado.
Pero está el otro carril. Mientras estamos en la fase del arrepentimiento nos damos cuenta que no debemos ceder. Que la decisión fue bien tomada. Que cambiarla es simplemente ceder a las presiones del entorno. Que forjar al temperamento de nuestro hijo es más valioso que el puchero que nos está haciendo. Que ceder es hacer que el niño tome nuestro lugar criando niños caprichosos, exigentes, irrespetuosos.
Es sumamente sencillo decir que “no” a nuestros hijos. Lo difícil es sostenerlo tanto en el tiempo como en cada una de sus fases.
Te invito a que analices ¿en qué fase del ciclo te estancás más tiempo? ¿Son más las veces que te arrepentís de la decisión tomadas y das marcha atrás dejando de ser creíble para con tus hijos o te mantenés firme? ¿Qué otra fase podés agregar de tu propia experiencia paterna?

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