Ninguna familia es perfecta. Ningún matrimonio es perfecto, comenzando por el primer matrimonio de la humanidad. El destierro del huerto fue más que un castigo a consecuencia de la desobediencia. Estamos en la obligación de tomarlo como una lección para nosotros. Y algunas lecciones cuestan demasiado caras; sin embargo debemos capitalizar las lecciones del ayer para construir el hoy. El perdón es parte de ese crecimiento y una inmensa posibilidad de enseñanza para con los hijos. ¿Cómo podemos enseñar algo que no hemos experimentado?

Muchos matrimonios edifican su vida conyugal colando ladrillos mal fraguados por la falta de perdón, desestabilizando la construcción. Piensan que con una linda pintura eclesiástica se maquilla lo que en algún momento será una rajadura inevitable, visible y difícil de reparar. La falta de perdón estresa, quita energías, establece muros emocionales. Bloquea, paraliza y condiciona. Es causante de varios malestares como las cefaleas, las contracturas, la acidez, visión borrosa úlceras etc.

Viendo esto ¿hasta qué precio queremos pagar el no perdonar? ¿No es más económico hacerlo? ¿Por qué nos cuesta perdonar?Estamos en tiempos de hipersensibilidad; un leve gesto o un sonido pueden ser mal interpretados generando una disputa. Algunas veces nos cuesta perdonar porque interpretamos las palabras o las acciones de la otra persona de una manera mucho más grave de lo que realmente es. Magnificamos, terribilizamos y encapsulamos el sentimiento.

El perdón parece un acto de generosidad hacia el otro y esto es algo que no estamos dispuestos a realizar. Podemos leerlo como una pequeña venganza.

Pero, ¿cómo comenzar el proceso del perdón? En primer lugar debemos reconocer el daño. Me hace sucedido varias veces en consulta que al preguntar a la persona “agraviada” cuál es el motivo por el cual está ofendida habla sobre lo que la otra persona hizo o creyó que le hizo cuando en realidad lo que hay que analizar es el daño que produjo el dicho o el hecho. No podremos evitar que un pájaro vuele por sobre nuestra cabeza; lo que sí podemos hacer es evitar que haga nido en ella. Y de eso se trata.

Inmediatamente debemos Identificar las emociones implicadas: Este ejercicio es más sencillo de realizar por las mujeres ya que ellas tienen un contacto mayor con sus sentimientos. Hace unos años era impensable que un hombre se dé lugar a sentir y mucho menos que hable de esos sentimientos. Pero, hoy día los hombres también (sobre todo menores de 30 años) tienen la capacidad y la libertad de hacerlo. Los sentimientos más comunes a la hora de ser ofendidos son:

– Frustración

– Rechazo

– Culpa y vergüenza

– Miedo

– Dolor

– Ira

– Venganza.

Generalmente es este orden preciso.

Frustración: ya que se cayó una ilusión sobre lo que era la persona y la relación que nos unía a ella.Rechazo: no hacia la persona solamente sino al hecho de no aceptación de lo ocurrido. Es parte de un duelo.

Culpa y vergüenza: El ofendido siempre cree que tiene parte de responsabilidad por lo ocurrido y tiene a culparse, unido al sentimiento de vergüenza.

Miedo: a este lugar desconocido y a que nos suceda nuevamente.

Dolor: ya asumida la ofensa, cala muy dentro del alma de la persona.

Posteriormente se transforma en ira que da lugar a la venganza.En tercer lugar debemos expresar el dolor.  Ponerlo en palabras. Darle nombre. Verbalizarlo.

Por último, hay que considerar la posibilidad de reconciliación. Es en este preciso punto donde sabremos si realmente tenemos el corazón sano. Al momento de considerar la sola posibilidad de acercarnos a aquel que nos ha ofendido, alguno de los sentimientos antes descriptos saldrá a la luz. Es aquí donde tendremos que reconsiderar si nuestro corazón no está tan corrompido como el de aquel que nos ofendió. Si guardamos deseos de venganza, ira o frustración tenemos que pasar por un proceso de sanidad.

La Biblia dice: “Y perdónanos nuestras deudas (ofensas, pecados), como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores (los que nos ofenden, nos hacen mal”) (Mateo 6:12 NBLH). En nuestras familias debemos ejercitar el perdón ya que es la sangre la que nos une y lo que al otro lo hizo ofensor es parte de lo que nosotros llevamos dentro. Es parte de quienes somos.

Gustavo Romero, consultor psicológico

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