Una de las decisiones más difíciles de tomar, es la de dejar de ser víctima de las circunstancias.

Todos tenemos motivos de sobra para culpar a medio mundo por las cosas que nos suceden.

Hagamos una pequeña lista de algunos de los pensamientos que evidencian que somos víctima de

lo que nos sucede:

“Él/ella jugó con mis sentimientos, pero lo extraño igual”

“Nadie me entiende”

“Si tan solo tuviera otro jefe”

“Mis amigos me dejan de lado”

“Mi problema es que no tengo amigos”

“Necesito cambiar de profesor, el que me tocó me odia”

“No entiendo como Dios permitió que me suceda esto”

“Ya me pasó una vez, ahora tengo miedo de volver a intentarlo”

“Mi familia nunca estuvo cuando la necesite”

“Me molesta que hablen de mi cosas que no son”

etc…

Sin duda que hay dolor, desilusión y tristeza en las dificultades que vivimos a diario pero no

podemos depender de que el entorno cambie para sentirnos mejor porque muchas veces las

realidades por las que atravesamos no cambian. El Apóstol Pablo vivía feliz, cumpliendo el

propósito de Dios para su vida, pese a que gran parte de su ministerio vivió persecuciones,

hambre, sed, naufragios, azotes, etc. (leer 2 Corintios 6:5 y 11:27) ¿Qué marcó la diferencia en

Pablo? Precisamente que vivía no por sus circunstancias sino conforme al plan de Dios para su

vida. Una vida con sentido, es fruto de encontrarse viviendo en el centro de la Voluntad de Dios,

pese a lo que nos suceda o digan de nosotros. Creo que cuando comprendemos esto, entendemos

que todo lo que venga a nuestra vida es una escuela, aunque a veces duela. Deja de ser víctima de

lo que te sucede, vive conforme al propósito de Dios para el cual fuiste creado.

Ema Díaz.

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