Al finalizar el año pasado, muchos nos hicimos promesas. Por lo general promesas de cambios estimulados por la emoción que generan las fiestas navideñas, el aguinaldo, el final de un año o el comienzo del tan ansiado verano que trae las vacaciones con su merecido descanso.
Esta sensación de estado de ánimo positivo nos da esperanzas para pensar que lo complicado del año puede ser revertido; ahí es donde nos hacemos promesas.
Esas promesas son metas a cumplir. Objetivos a los que queremos llegar.
Es imposible escindir las metas, los objetivos, del factor tiempo. Ya sea que éstas sean a corto, mediano o largo plazo, todo proyecto, meta u objetivo tiene dos tipos de factores de tiempo.
Ahora bien, es fácil hacernos promesas. ¿Recordás cuando viste a ese amigo o familiar a fin de año y a coro dijeron “hay que volver a vernos”? Eso fue hace… ¡seis meses! Pero, lo complicado es cumplir con las promesas, realizar las metas, alcanzar los objetivos.
En primer lugar tenemos que entender que las metas son IDEAS que se plantan en nuestra mente. Estas ideas pueden ser generadas por NECESIDAD o GUSTOS. Los gustos son, por ejemplo, si queremos cambiar nuestro teléfono celular por otro más moderno. No lo necesitamos pero “nos gustaría” hacerlo. La necesidad es cuando luego de un examen médico nos recomiendan caminar para bajar el colesterol, buscar un segundo empleo, etc. etc. El especificar si es algo necesario o es solo un gusto definirá el IMPULSO, ese motor generador, que obrará de aliento durante todo el transcurso hacia la meta.
En segundo lugar, una vez que tenemos en claro si es necesidad o simplemente un gusto necesitamos PLANIFICAR. Es acá donde la mayoría fracasa. Dentro de la planificación es imprescindible poner sobre papel tres cuestiones importantes. La primera es el OBJETIVO ¿A dónde queremos llegar? ¿Cuál es nuestra meta? Aunque suene obvio, muchas personas fracasan y se desmotivan ya que creen tener en claro sus objetivos y al avanzar se dan cuenta que oscilaban entre una o más metas. La segunda, analicemos los RECURSOS. Si lo que queremos es estudiar una carrera como arquitectura ¿tenemos los recursos económicos para hacerlo? ¿Estamos cerca de una universidad que dicte esa carrera? ¿Estamos seguros de poder costearla? En tercer lugar tenemos el factor TIEMPO. Más arriba dijimos que había dos tipos de factores de tiempo. Uno es el más evidente, que es el que nos separa del momento actual al de la meta. Si es ser arquitecto, nos separa como mínimo 5 años de cursada. Si es leer la Biblia en un año, tenemos el plazo estipulado. Pero está también el factor tiempo diario; es aquel tiempo que debemos separar todos los días para dedicarnos a perseguir el objetivo. Ese tiempo debemos restárselo al tiempo que pasábamos con la familia, que mirábamos televisión o jugábamos al fútbol.
Planificar en base al objetivo, los recursos y el tiempo total y el diario es clave para saber si estamos dispuestos a continuar hacia la meta.
Como tercer punto viene el TRABAJO. ¡Manos a la obra! Comencemos a hacerlo. Empecemos a disfrutar de aquello que soñamos algún día.
Hasta aquí podemos estar motivados; sin embargo existen otros dos factores relacionados con el TRABAJO que son la CONSTANCIA y la DISCIPLINA. Frente a mi casa hay una plaza; en ella desde hace cinco años corre todos los días una señora. Así llueva, haya neblina, haga 40 grados ella está corriendo. Todos los días. Una vez pregunté por qué lo hacía: ella corre en la maratón de Nueva York y entrena todo el año. Tiene la DISCIPLINA para cuidar su cuerpo y la CONSTANCIA de correr más allá de lo que pueda pasar en el entorno. Esta señora tiene una meta que es correr en la maratón y el objetivo de algún día ganar. Sabe cómo hacerlo.
Es importante al llegar a esta etapa que realicemos una EXAMINACION. Es el momento donde debemos detenernos brevemente y analizar ciertos aspectos: ¿estoy disfrutando lo que estoy haciendo? ¿Estoy usando correctamente los recursos? ¿Le estoy dedicando tiempo? ¿Sigo contando con recursos? ¿Sigo motivado? Es momento de hacer las correcciones que sean necesarias.
Por último ¡CELEBREMOS! En algún momento llegaremos a la meta. Siempre, si seguimos con los pasos anteriores, llegaremos felizmente al objetivo. Es aquí donde tenemos que recibir la recompensa. No pequemos de humildes y disfrutémoslo. Conozco gente que al llegar a donde se propuso no se hace cargo del logro. ¡Felicitáte! ¡Celebrá! ¿Por qué es importante hacerlo? Porque al celebrar, la mente recibe el mensaje de que el camino hacia la meta si bien fue complicado, valió la pena y envía la orden de habilitarnos a nuevas ideas y nuevos proyectos porque SÍ puedo, SÍ lo logro y SÍ es posible.
Sea cual sea tu meta u objetivo, sea a largo o corto plazo, si está en tu mente es porque tu alma lo necesita. Demostrarnos que podemos mas allá de las dificultades es el mimo más grande que merecemos darnos.
Sacá del arcón del olvido aquellas promesas que te hiciste (o hiciste a otros) al comenzar el año y desafíate ahora, a seis meses de que termine este año, a hacer realidad aquellas cosas que soñaste.
Ganá tiempo. Superate a vos mismo.

Gustavo Romero, Consultor Psicológico.

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